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sábado, 30 de junio de 2007















La urgencia con la que debe atenderse el gravísimo problema de la agresión a la mujer venezolana, ha determinado que se aprueben textos legales para minimizarlo y quizás erradicarlo. Son soluciones bien intencionadas, es cierto, y quizás no pueda negarse el valor de esos instrumentos legales, pero no lo es menos que las grandes transformaciones sociales de un país no se decretan sino que, primero, se identifican, luego se adopta una solución en todo aspecto y se la respalda, en tercer término, con los instrumentos legales del caso.
Recuerdo que en una de esas bien intencionadas soluciones legales del pasado se preveía el arresto hasta por seis meses del padre que no proveyese a la manutención de sus hijos. En cierta ocasión, ante una situación de irresponsabilidad paternal extrema, le planteé la posibilidad de un arresto a un Juez de Menores. Y me contestó, palabras más palabras menos, que ese padre irresponsable algo le daría al hijo, que había la posibilidad que se diese cuenta de lo que estaba haciendo, pero preso no habría ni un centavo y un problema de desempleo y otros males peores.
He leído la reciente " Ley Orgánica sobre el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia" y no cabe duda que es un texto legal que responde con manifiesta desesperación a resolver ese flagelo, pero me da la impresión que el Estado debe paralelamente emprender grandes campañas de orientación y educación sobre el tema, ilustrar a los ciudadanos de este país sobre el gran daño que ello produce no solo en la mujer sino también en los hijos y la sociedad. Es necesario que se difunda ampliamente la terrible influencia negativa que produce en todo proyecto político o social el conflicto, en todas sus vertientes, de la agresión a la mujer. Debe invitarse a la reflexión sobre la conveniencia de usar adecuadamente el instrumento legal en referencia. Crear conciencia del todo, solo eso.
Por lo pronto, en ausencia de esa educación y orientación previas, más la inadecuada infraestructura técnica y humana para aplicarla, la ley corre siempre el riesgo no solo de aplicarse inadecuadamente, que sería lo de menos, sino convertirse en instrumento de persecución, retaliación y venganza por diversas causas, consiguiéndose así efectos no deseados por el legislador.
Pongo un solo ejemplo. Si una mujer denuncia que está recibiendo maltratos de su esposo o concubino, puede lograr que una medida preventiva de salida del hombre de la casa común se produzca en cuestión de días, sin tener que probar nada ni mayores inconvenientes. Pasa ello a transformarse en un problema más serio porque puede aprovecharse el mecanismo legal para lograr una permanencia casi definitiva en el inmueble y conseguir así efectos de presión en la repartición legal de los bienes comunes. La ley dice que para tales efectos no importa la titularidad del bien, es decir, que aunque fuese propio del cónyuge o concubino, éste deberá soportar la situación fuera de su casa. En este sentido, qué de extraño tendría, por ejemplo, con una justicia tan lenta y desasistida técnicamente, que una simple relación pasajera entre un hombre y una mujer pudiese dar lugar a que el hombre quede sin un bien que no solo es suyo propio sino en el que la mujer no ha tenido ninguna presencia o asentamiento. Extorsión, pues, en una palabra.
Las infinitas posibilidades que la ley ofrece para fines negativos, agresión legalizada, etc. terminarán dañando a las mujeres verdaderamente necesitadas de protección, puesto que, entre otras cosas, puede ser que las instancias judiciales se abarroten de causas injustificadas y por tanto no se pueda atender con buen criterio las situaciones que requieren justicia. Paralelamente se creará desconfianza y se empezarán a requerir cada vez más requisitos para la demostración de la verdad, lo que nuevamente atentaría contra las expectativas de la mujer expuesta o sometida a violencia.
Todavía hay tiempo de hacer las cosas bien. Algún día será en que las soluciones no se decreten ni improvisen, sino que se planifiquen y se dé orientación sobre ellas. Luego la ley hace el resto.

sábado, 16 de junio de 2007

Es bueno o malo ser rico ?



Aquello de ser rico o pobre es una cuestión meramente cuantitativa. En los últimos tiempos los venezolanos, en atención a un comentario que hizo el Presidente de la República en tal sentido, le han dedicado mucho espacio al tema de si ser rico es malo o no.
El asunto jamás se ha analizado a fondo. Ni se sabe lo que quiso decir el Presidente ni él lo explicó, ni nadie le ha dado otro enfoque que no sea el cuantitativo. El factor humano, ético, cualititativo de la tenencia de riqueza no parece interesar mucho.
Me parece que hay muchas, muchísimas personas, que no tienen interés en tener dinero en abundancia, aún teniendo la posibilidad de conseguirlo en esos términos. Les place cubrir sus necesidades básicas y tal vez disponer de algún excedente para una eventualidad o algún disfrute extra. Disfrutan su familia, su trabajo y se sienten satisfechos con todo lo que los rodean. Son acaso pobres estas personas ?.
Pero en el mundo abundan, son tal vez la mayoría, los que no saben si comerán hoy. Son maltratados, ignorados, las leyes no existen para ellos, no tienen esperanzas de surgir. A lo más tendrán oficios duros y mal remunerados. Son pobres, es cierto. La lucha incansable de algunos hombres es para llevarlos a un mínimo de dignidad. Pero esa lucha aún sigue perdiéndose en buena medida.
Hombres hay que tienen facultades, recursos, profesiones, para procurarse muchos más de lo que necesitan. Y lo utilizan. Lo llevan a su familia y quizás se mueven en la sociedad para tratar que esos excedentes generen más riqueza para ellos y oportunidades para otros. Aseguran a su familia para cuando no estén. Seguramente evitan ser desmedidos en sus placeres, tienen algún límite para sus ambiciones, no se hacen inalcanzables o inaccesibles para los demás, respetan las leyes y a los seres humanos, no se confrontan con la justicia.
Y, finalmente, está aquella minoría que acumula grandes capitales anónimos, impersonales, avasallantes, que se devoran lo que consiguen a su paso. Algunos harán una vez en su vida un alto y tendrán un mínimo de consideración con la condición humana. Otros se meterán siempre en esa espiral incontrolable en la que pueden conseguirse complicidades, los peores sentimientos, creer que todo hombre (absolutamente todos) tienen un precio por el que estrán dispuesto a venderse. Se devoran entre ellos, duermen con un ojo abierto, desconfían hasta de lo que comen y matan si hay que matar. Son estos seres verdaderamente ricos ?.
Les dejo ahí esas inquietudes. Ser rico o ser pobre según estos planteamientos no es mera cuestión cuantitativa. El hombre está primero. Inexorablemente.