Para la época en que se exhumaron los restos de la Madre María de San José, yo tenía un programa radial e invité para el mismo, unos días después de dicha exhumación, al Dr. Pedro Guzmán Ferrer, amigo mío, médico forense que estaba a cargo del equipo que la llevaría a cabo.
Le pedí que trajera al programa una nota escrita sobre sus impresiones del día de la exhumación y así lo hizo. Esa nota la conservo aún y en una oportunidad posterior en que encontré al Dr. Guzmán, le solicité autorización para hacerla pública y él lo aceptó.
Es una nota muy sencilla, sin pretensiones propias de quien desea publicar un texto y por ello mismo tiene la autenticidad natural de lo percibido por él. Por lo mismo, pueden también percibirse algunos errores, los cuales, sin embargo, no afectan en modo alguno su valor testimonial.
Deseo compartir ese testimonio con todas aquellas personas de la fe cristiana o quien de alguna manera tenga interés en el tema, a cuyos efectos estoy realizando los preparativos para publicarla por esta vía.
No tendrá ninguna corrección. Es absolutamente auténtica. Esté pendiente. Gracias.
miércoles, 14 de marzo de 2007
jueves, 1 de marzo de 2007
El gordo del kilómetro 88
En agosto del año 1975 cuatro amigos fuimos a la Gran Sabana e, inclusive, pasamos hasta Boa Vista en Brasil. Para tres de nosotros éste era el tercer viaje por la zona, el segundo de los cuales no pudimos llegar hasta Santa Elena de Uairén porque había crecido un río y se había desbordado.
Pero en este viaje que les narro - todavía la carretera era de tierra y estaba lloviendo - nos encunetamos sin mayores consecuencias una media hora más o menos antes de llegar al kilómetro 88. Cuando llegamos allí nos surtimos de gasolina, de esa del pipote rojo que tenía el gordo del kilómetro 88, última posibilidad de hacerlo hasta Santa Elena. Conversamos con el gordo, un solitario que no hacía otra cosa que eso, hablamos de lo que nos sucedió y nos fuimos.
Todo muy bien. La pasamos de lo mejor. Estando ya de regreso recordamos el pequeño accidente que tuvimos y he aquí que surgió toda una discusión. Dos estábamos de acuerdo que nos encunetamos antes de llegar al kilómetro 88 y dos que fue después. De los dos que decíamos que fue antes (como efectivamente fue) uno decía que no nos había atendido el gordo del kilómetro 88 y otro, yo, que sí fue él. Y de los que decían que fue despues del kilómetro 88, uno decía que no nos atendió el gordo y el otro que sí. Le añadimos miles de pruebas en una u otra posición. Y hasta hicimos el recorrido poco a poco para determinar el sitio, ya que habíamos dejado parte de la pintura del carro en una piedra.
Bien. Como se trata de un hecho sin relevancia alguna, es decir, una simple discusión entre amigos, cada quien alardeando de su memoria y nada más, la cosa terminó ahí. Pero !ojo!, así sea algo tan simple, sin importancia o lo que sea, también es cierto que 32 años después, cuando recordamos el hecho, seguimos en desacuerdo dónde se produjo.
Puede imaginarse usted, señor lector, qué de cosas se habrían podido construir, decir, inventar, relacionar, especular, escudriñar, admiir, negar, exagerar, etc. si alguno de nosotros hubiese tenido interés en sacarle provecho a ese hecho ?
Por esos años nuestro país reafirmaba su soberanía sobre una isla situada entre Venezuela y la Guayana Británica, situada a pocos kilómetros de donde nos encunetamos, todo ellos con una gran ofensiva en los medios de comunicación social. También hubo una rebelión civil de unos vecinos y se les permitió entrar a Venezuela y construir improvisadamente un pueblito donde todos los avisos de las calles y los negocios estaban en inglés. Por esos años, en plena frontera entre Venezuela y Brasil se llevó a cabo la primera reunión de los dos Presidentes de esos países. En unos de esos viajes que hicimos, uno de nuestros acompañantes pensó en traerse a escondidas a un niño indígena de las misiones, bajo el pretexto de liberarlo del sometimiento a los misioneros en el que él decía que el niño se encontraba.
Para ser breve, honrando así el objetivo de este blog, inventemos rápidamente una historia entre millones posibles, con el propósito que ya usted va descubriendo. Pongamos al acompañante que pretendió liberar al niño en este viaje en que nos encunetamos, en el cual él no participó (pero quién se lo puede negar ?, acaso esas cosas no suelen suceder ? y además bastaría con que uno de nostros se prestase a ello y lo ratificase) y lo metemos en la camioneta y decimos que huyendo de la persecución de los misioneros él se encunetó de regreso al centro del país ( en lo que sí estamos de acuerdo todos es que eso fue de ida) y de pronto un buen día aparece como el precursor de un movimiento de liberación indígena. Y si esto pudiere interesarle a más de uno y hay forma de establecerlo, entonces quién podrá negarlo. Lo demás es más fácil. Se busca el sitio, se hace un mural con una camioneta encunetada, se le pone un nombre, se...
Pero en este viaje que les narro - todavía la carretera era de tierra y estaba lloviendo - nos encunetamos sin mayores consecuencias una media hora más o menos antes de llegar al kilómetro 88. Cuando llegamos allí nos surtimos de gasolina, de esa del pipote rojo que tenía el gordo del kilómetro 88, última posibilidad de hacerlo hasta Santa Elena. Conversamos con el gordo, un solitario que no hacía otra cosa que eso, hablamos de lo que nos sucedió y nos fuimos.
Todo muy bien. La pasamos de lo mejor. Estando ya de regreso recordamos el pequeño accidente que tuvimos y he aquí que surgió toda una discusión. Dos estábamos de acuerdo que nos encunetamos antes de llegar al kilómetro 88 y dos que fue después. De los dos que decíamos que fue antes (como efectivamente fue) uno decía que no nos había atendido el gordo del kilómetro 88 y otro, yo, que sí fue él. Y de los que decían que fue despues del kilómetro 88, uno decía que no nos atendió el gordo y el otro que sí. Le añadimos miles de pruebas en una u otra posición. Y hasta hicimos el recorrido poco a poco para determinar el sitio, ya que habíamos dejado parte de la pintura del carro en una piedra.
Bien. Como se trata de un hecho sin relevancia alguna, es decir, una simple discusión entre amigos, cada quien alardeando de su memoria y nada más, la cosa terminó ahí. Pero !ojo!, así sea algo tan simple, sin importancia o lo que sea, también es cierto que 32 años después, cuando recordamos el hecho, seguimos en desacuerdo dónde se produjo.
Puede imaginarse usted, señor lector, qué de cosas se habrían podido construir, decir, inventar, relacionar, especular, escudriñar, admiir, negar, exagerar, etc. si alguno de nosotros hubiese tenido interés en sacarle provecho a ese hecho ?
Por esos años nuestro país reafirmaba su soberanía sobre una isla situada entre Venezuela y la Guayana Británica, situada a pocos kilómetros de donde nos encunetamos, todo ellos con una gran ofensiva en los medios de comunicación social. También hubo una rebelión civil de unos vecinos y se les permitió entrar a Venezuela y construir improvisadamente un pueblito donde todos los avisos de las calles y los negocios estaban en inglés. Por esos años, en plena frontera entre Venezuela y Brasil se llevó a cabo la primera reunión de los dos Presidentes de esos países. En unos de esos viajes que hicimos, uno de nuestros acompañantes pensó en traerse a escondidas a un niño indígena de las misiones, bajo el pretexto de liberarlo del sometimiento a los misioneros en el que él decía que el niño se encontraba.
Para ser breve, honrando así el objetivo de este blog, inventemos rápidamente una historia entre millones posibles, con el propósito que ya usted va descubriendo. Pongamos al acompañante que pretendió liberar al niño en este viaje en que nos encunetamos, en el cual él no participó (pero quién se lo puede negar ?, acaso esas cosas no suelen suceder ? y además bastaría con que uno de nostros se prestase a ello y lo ratificase) y lo metemos en la camioneta y decimos que huyendo de la persecución de los misioneros él se encunetó de regreso al centro del país ( en lo que sí estamos de acuerdo todos es que eso fue de ida) y de pronto un buen día aparece como el precursor de un movimiento de liberación indígena. Y si esto pudiere interesarle a más de uno y hay forma de establecerlo, entonces quién podrá negarlo. Lo demás es más fácil. Se busca el sitio, se hace un mural con una camioneta encunetada, se le pone un nombre, se...
miércoles, 28 de febrero de 2007
"Déjelo fluir". Fragmento de "El arte de joder"
Casi que es inimaginable a la señora Elena haciendo el papel de jodedora. Seriecita, muy convencional, apegada a las reglas sociales de los matrimonios, es de aquellas que se sienta junto a su marido en una reunión social y ve pasar la noche pegadita junto a él, hablando de sus obligaciones como ama de casa, de los muchachos y de los compromisos con la casa parroquial, dándole uno que otro sorbito a un vino rosado y comiéndose los tequeños de trocito en trocito que rebana con los dientes de adelante.
Pero algún día se estalla. Y por ahí se puede empezar, es decir, por allí puede salir el jodedor que cada cual lleva por dentro y que seguramente se ha negado a salir porque su dueño lo ha encarcelado injustamente.
Resulta que una noche varias parejas se encuentran hablando de política en la barra de una tasca, en espera del inicio de una convención profesional. Llegadas las nueve de la noche, el televisor anuncia pomposamente el inicio de su novela estelar “El magnate”. Doña Elena se aparta un poco del grupo que está embebido en su discusión y ve hacia la pantalla televisiva con total atención, justo en el momento en que anuncian al galán de la telenovela....! fulano de tal...!. Reacciona y pensando que no la oye nadie dice a media voz: “ ¡ a esta novela no la deberían llamar El magnate sino El mangote...”. El marido que la oye, sorprendido, atónito, por aquella reacción de su hasta ahora pacata esposa, le señala con cierto disgusto”.
“ ¡ verga, mija, no sabía que te gustaba tanto así ese tipo, no te da pena que ese es un viejo todo arrugao...”
La esposa ve a su marido también sorprendida porque la han agarrado “con las manos en la masa”, ve luego a la pantalla del televisor como constatando lo que él ha dicho sobre su galán de la novela y ya sin poderse echar hacia atrás, decide echar el resto y revelar esa parte que quién sabe cuánto tiempo mantuvo reprimida:
“ ¿ arrugao dices tú?, bueno, no importa ¡ yo asumo esa responsabilidad!.
Pero algún día se estalla. Y por ahí se puede empezar, es decir, por allí puede salir el jodedor que cada cual lleva por dentro y que seguramente se ha negado a salir porque su dueño lo ha encarcelado injustamente.
Resulta que una noche varias parejas se encuentran hablando de política en la barra de una tasca, en espera del inicio de una convención profesional. Llegadas las nueve de la noche, el televisor anuncia pomposamente el inicio de su novela estelar “El magnate”. Doña Elena se aparta un poco del grupo que está embebido en su discusión y ve hacia la pantalla televisiva con total atención, justo en el momento en que anuncian al galán de la telenovela....! fulano de tal...!. Reacciona y pensando que no la oye nadie dice a media voz: “ ¡ a esta novela no la deberían llamar El magnate sino El mangote...”. El marido que la oye, sorprendido, atónito, por aquella reacción de su hasta ahora pacata esposa, le señala con cierto disgusto”.
“ ¡ verga, mija, no sabía que te gustaba tanto así ese tipo, no te da pena que ese es un viejo todo arrugao...”
La esposa ve a su marido también sorprendida porque la han agarrado “con las manos en la masa”, ve luego a la pantalla del televisor como constatando lo que él ha dicho sobre su galán de la novela y ya sin poderse echar hacia atrás, decide echar el resto y revelar esa parte que quién sabe cuánto tiempo mantuvo reprimida:
“ ¿ arrugao dices tú?, bueno, no importa ¡ yo asumo esa responsabilidad!.
martes, 27 de febrero de 2007
La casimba o cacimba.
Contrariamente al presentimiento que tenía, la palabra “casimba” con “s” (esta es una forma que usamos comúnmente algunos latinoamericanos, en lugar de dejar que se comprenda si es con “s” o con “c” según la pronunciación que de una palabra se haga) aparece en la versión actual del Diccionario de la Lengua Española.
Pero, cosa curiosa, se señala allí que la misma se utiliza en Venezuela y Perú para referirse a un hueco que se hace en el suelo para obtener agua, mientras que “cacimba” con “c” también se refiere a un hoyo que se hace a la orilla de los ríos para buscar agua.
Oí hablar por primera vez en mi vida de una casimba hace cosa de dos o tres años (estamos en el último día del mes de septiembre del año 2004) y quien la usó me dijo que hasta los años sesenta cada quien tenía una en su casa para proveerse de agua. Los acueductos acabaron con las casimbas.
Me refiero a una zona de la parte más septentrional de América del Sur, cercana a lo que muchos venezolanos llamamos el “cuellito” que conduce a la península de Paraguaná, pues se trata de una estrechísima faja de tierra que termina en una especie de cabeza donde se encuentran, entre otras cosas importantes, las refinerías petroleras.
La zona donde oí lo de las casimbas tiene unas pequeñas montañas que terminan abruptamente en el mar y son de los parajes más solitarios que uno pueda imaginar. Es como una especie de brazo en el mar, es decir, agua a ambos lados del brazo y bordeando el puño de la mano.
En la punta extrema de la mano de tierra vivió un inglés que sembraba tabaco y había aprendido a bajarlo por el cerro que daba a la bahía y calarlo en embarcaciones a las que accedía con un ingenioso desplazamiento por entre las corrientes marinas que movían duramente su pequeña nave.Tal como me lo describieron, me imaginé que aquel inglés ordenado y metódico debió tener y cuidar celosamente su casimba. Pregunté por eso, pero no lo sabía nadie. Solo recodaban que sembraba y cosechaba tabaco.
Pero, cosa curiosa, se señala allí que la misma se utiliza en Venezuela y Perú para referirse a un hueco que se hace en el suelo para obtener agua, mientras que “cacimba” con “c” también se refiere a un hoyo que se hace a la orilla de los ríos para buscar agua.
Oí hablar por primera vez en mi vida de una casimba hace cosa de dos o tres años (estamos en el último día del mes de septiembre del año 2004) y quien la usó me dijo que hasta los años sesenta cada quien tenía una en su casa para proveerse de agua. Los acueductos acabaron con las casimbas.
Me refiero a una zona de la parte más septentrional de América del Sur, cercana a lo que muchos venezolanos llamamos el “cuellito” que conduce a la península de Paraguaná, pues se trata de una estrechísima faja de tierra que termina en una especie de cabeza donde se encuentran, entre otras cosas importantes, las refinerías petroleras.
La zona donde oí lo de las casimbas tiene unas pequeñas montañas que terminan abruptamente en el mar y son de los parajes más solitarios que uno pueda imaginar. Es como una especie de brazo en el mar, es decir, agua a ambos lados del brazo y bordeando el puño de la mano.
En la punta extrema de la mano de tierra vivió un inglés que sembraba tabaco y había aprendido a bajarlo por el cerro que daba a la bahía y calarlo en embarcaciones a las que accedía con un ingenioso desplazamiento por entre las corrientes marinas que movían duramente su pequeña nave.Tal como me lo describieron, me imaginé que aquel inglés ordenado y metódico debió tener y cuidar celosamente su casimba. Pregunté por eso, pero no lo sabía nadie. Solo recodaban que sembraba y cosechaba tabaco.
sábado, 24 de febrero de 2007
Al final del camino.
Al principio fueron simples advertencias sobre los riesgos que corría. Después se pasó a reproches que crecían a la par del crecimiento de su terquedad. Cuando se agotó la paciencia de la familia, entonces se usó el único recurso que ellos consideraron que quedaba: el de acudir a los tribunales.
La junta médica promovida en juicio por la familia, tres psiquiatras forenses que reunidos parecían un retrato de la incoherencia y hasta de la locura, fueron enfáticos y unánimes: “ El ciudadano - en la terminología legal no se usa el “don” ni siquiera para quien más se haya ganado el término – no padece de ningún trastorno mental. El que tenga setenta años de edad y haya sufridos dos accidentes cerebrales; el que tenga dificultades para algunas funciones vitales, entre ellas las de hablar y el que se haya relacionado sentimentalmente con una joven de veintiocho años y esté consumiendo con ella parte de su cuantiosa fortuna, no son indicios que padezca de demencia ni nada que justifique una medida cautelar sobre sus bienes.”
Las sentencias judiciales no pueden entrar en consideraciones de otra índole. Pero pueden significar que el amor no es locura y muchas otras cosas más.
La junta médica promovida en juicio por la familia, tres psiquiatras forenses que reunidos parecían un retrato de la incoherencia y hasta de la locura, fueron enfáticos y unánimes: “ El ciudadano - en la terminología legal no se usa el “don” ni siquiera para quien más se haya ganado el término – no padece de ningún trastorno mental. El que tenga setenta años de edad y haya sufridos dos accidentes cerebrales; el que tenga dificultades para algunas funciones vitales, entre ellas las de hablar y el que se haya relacionado sentimentalmente con una joven de veintiocho años y esté consumiendo con ella parte de su cuantiosa fortuna, no son indicios que padezca de demencia ni nada que justifique una medida cautelar sobre sus bienes.”
Las sentencias judiciales no pueden entrar en consideraciones de otra índole. Pero pueden significar que el amor no es locura y muchas otras cosas más.
viernes, 23 de febrero de 2007
Del poemario "Brújula", el poema "Digo".
DIGO
Recuerdo la forma en que tratabas
de inventar tu camino.
Recuerdo la noche
en que pasó el cartero
que juró no volver.
Hicimos camino, digo.
Hago memoria
del dorso de tu mano
convertido en pañuelo.
De la luna sin menguante.
Del vago concierto de los pájaros.
De la eternidad de las sombras.
En fin, un camino. Eso digo.
Recuerdo la forma en que tratabas
de inventar tu camino.
Recuerdo la noche
en que pasó el cartero
que juró no volver.
Hicimos camino, digo.
Hago memoria
del dorso de tu mano
convertido en pañuelo.
De la luna sin menguante.
Del vago concierto de los pájaros.
De la eternidad de las sombras.
En fin, un camino. Eso digo.
jueves, 22 de febrero de 2007
Viendo "La Hojilla"
El programa "La Hojilla" que conduce Mario Silva tiene múltiples facetas. Un mismo televidente, esté o no identificado con el gobierno actual, puede encontrar en ese programa muchos puntos de coincidencia (incluso extremas) y a la vez de rechazo (incluso extremas). El conductor del programa dice tener muy claro esto, agregando que no le importan las consecuencias de sus dichos.
Su única confesa solidaridad absoluta es con el Presidente, la cual defiende a ultranza. El Presidente, por su parte, ha expresado puntualmente que ese programa es en buena medida una vocería suya.
Yo lo veo como demócrata practicante de muchos años, lo cual me lleva a centrarme en 3 aspectos: 1°) Por lo que tiene de vocería del gobierno más allá de las formalidades o de los actos oficiales, pues nos aclara muchas cosas, ideas, intenciones, expectativas, fortalezas y debilidades, etc.; 2°) Por todas aquellas ocasiones en que nos presenta información que podemos evaluar y que de no ser por ese medio no las conoceríamos; y 3°) porque nos permite calibrar o apreciar lo que piensan y hacen personas que no están en función de gobierno, pero están de su parte.
Quizás estos aspectos no representen para mi un porcentaje muy alto del programa pero nos satisface contar con ese material. Lo que desagrada, lo que no tiene utilidad para mi, etc. lo apartamos. Lo aprovecho, pues, en su exacta dimensión.
A las personas partidarias o no del gobierno que me preguntan la razón por la que veo ese programa les digo dos cosas: 1°) Una muy sencilla que es que todos tenemos que oírnos, en cualquier circunstancia y 2°) Los abogados hacemos un hábito de vida, una razón de vida, oír todo cuanto podamos. Expresarse, para nosotros, es un arte. Y después mos formamos criterio para tomar ´la vía que consideramos conveniente.
Su única confesa solidaridad absoluta es con el Presidente, la cual defiende a ultranza. El Presidente, por su parte, ha expresado puntualmente que ese programa es en buena medida una vocería suya.
Yo lo veo como demócrata practicante de muchos años, lo cual me lleva a centrarme en 3 aspectos: 1°) Por lo que tiene de vocería del gobierno más allá de las formalidades o de los actos oficiales, pues nos aclara muchas cosas, ideas, intenciones, expectativas, fortalezas y debilidades, etc.; 2°) Por todas aquellas ocasiones en que nos presenta información que podemos evaluar y que de no ser por ese medio no las conoceríamos; y 3°) porque nos permite calibrar o apreciar lo que piensan y hacen personas que no están en función de gobierno, pero están de su parte.
Quizás estos aspectos no representen para mi un porcentaje muy alto del programa pero nos satisface contar con ese material. Lo que desagrada, lo que no tiene utilidad para mi, etc. lo apartamos. Lo aprovecho, pues, en su exacta dimensión.
A las personas partidarias o no del gobierno que me preguntan la razón por la que veo ese programa les digo dos cosas: 1°) Una muy sencilla que es que todos tenemos que oírnos, en cualquier circunstancia y 2°) Los abogados hacemos un hábito de vida, una razón de vida, oír todo cuanto podamos. Expresarse, para nosotros, es un arte. Y después mos formamos criterio para tomar ´la vía que consideramos conveniente.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
