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sábado, 26 de mayo de 2007

El laureado es él.



Isabelita camina casi por toda la casa limándose las uñas sin tropezarse con nada, a veces, inclusive, hablando por el teléfono inalámbrico que aprisiona entre la mejilla y el hombro. Puede pasar por la cocina y bajarle la llama a la hornilla, ponerle el pie derecho a un coleto para limpiar algo o apagar un bombillo. Puede que también abra la puerta y reciba una correspondencia, asintiéndole al cartero que es como decirle “sí, gracias, hasta la próxima”.
Pero Isabelita piensa que su mundo es ordenado, simétrico, limpio, que, en fin, es el mundo verdadero. Ella lo defiende a capa y espada, manteniéndolo separado del mundo de su esposo el escritor, el laureado, aquel hombre cuyo nombre y apellido figura en cualquier casa, tal vez del mundo, pero seguro de esta parte del mundo.
Cuántas veces no se ha preguntado Isabelita si su esposo le agradece que ella le mantenga una casa decente, que todo funcione adecuadamente, mientras él escribe lo que ella en un tiempo llamó “mamarrachadas”, aún cuando su estudio sea un montón de ceniceros llenos, papeles por doquier, libros apilados desordenadamente, libros abiertos, hojas con noticas, ropa de cualquier tipo en cualquier lugar y pare usted de contar.
¡Escritor, no joda !, susurra Isabelita cuando pasa frente a la habitación del laureado con el premio nacional y pega un hedorcito a tabaco mezclado con gases intestinales que ella llama “peos” y dice ¿ cómo es que en este país y en este mundo premian a este cagón ?, “ ¡ escritor, no joda ¡”, vuelve a susurrar y le lanza un toque final a la uña del dedo índice que termina de limar.
¡ Fíjate tú ¡ - le decía en una ocasión Isabelita a una vecina, “ tú alguna vez has visto a un escritor que aparece en algún acto público con la esposa, claro que no, ni él quiere que sepan que su mujer es una atorrante que tiene un cerco en toda la casa para que él no se la cague, ni ella quiere que lo vean con un tipo que siempre tiene una barba de dos días, con el paltó con una mancha de grasa, la corbata puesta con la camisa sin cerrar en el botón del cuello y los dedos amarillos de nicotina, por solo decir lo más evidente. ”
Pero, ¡ojo! , esto que explico de Isabelita en relación con su marido el escritor no quiere decir que todo sea color de hormiga, claro que no, si no ¿ cómo se explica que haya recorrido medio mundo con él y hayan comido y bebido con estadistas, príncipes, líderes políticos, sociales o religiosos, premios nobel de no se qué vaina, reinas de belleza, que se hayan montado en carros lincoln negro con algún presidente y se hayan hartado de cualquier cosa típica a la orilla de un río africano o se hayan retratado con dirigentes indígenas del Perú o de México. Lo que dice Isabelita es qué carajo es lo que hace que le den o le hagan todas esas cosas a un señor que lo que hace es estar todo el día escribiendo lo que ella llamaba “mamarrachadas” y ahora no llama de ninguna manera, que le paren tantas bolas por escribir simplemente lo que está viendo y que sólo él lo escribe porque nadie más está pendiente de esas tonterías.
“ Esta bien, sí, entiendo”, dice Isabelita cuando alguien le reprocha que ella se exprese así de un escritor, laureado por lo demás, que cualquier día de estos aparece como premio nobel de literatura que es lo único que le falta, “ lo que quiero decir - expresa ella - es que este señor tenga las cuentas bancarias atiborradas de dinero y ande en un vehículo que es un cagajón, que la casa donde vivimos es casa porque yo la mantengo así, que los sacos que usa tengan un manchón de grasa acumulado por años de no mandarlos a la tintorería y que uno no se los puede ni tocar, ¡no joda! .”
Isabelita dice que su esposo el escritor, laureado como dicen, le arrecha no porque le pegue los mocos a las condecoraciones que con tanta pompa le dio cualquier cabrón de esos que gobiernan, sino porque estos señores lo condecoran a él pero ni siquiera nombra a los que escriben en su país y a veces hasta los meten presos, o lo usan como amuleto, digo yo amuleto, para ganar elecciones, que a lo mejor no han leído ni una letra de lo que su marido escribe comiendo maní o comiendo chicharrón y tomando cervezas, dejando toda aquella casa olorosa a mierda cada vez que se pea (ella alcanzó a oír a una camarera en Roma que salió de la habitación diciendo que ese “signore era un fetente di merda) y todo ello porque este tipo escribe lo que se le ocurre.
“ ¡ No me vengas con pendejadas ¡”, le decía en una oportunidad Isabelita a un amigo de la casa, “ no creas que yo soy una ignorante, ¡coño!, está muy buena toda aquella tediosa pero útil narración sobre los sertones en “ La Guerra del fin del mundo” o algo así , de Vargas Llosa y ni qué decir de las vivencias de los Buendía en Macondo, verga, imagínate por un instante cualquiera de los episodios del Quijote, pero qué sabe la gente de las esposas de esos escritores ( y en voz baja Isabelita añade o de los “esposos de las escritoras”) , ¿ sabe la gente lo que fastidian y para que demonios viven?, ¿ tú lo sabes, acaso ?.”
“Te digo - continúa Isabelita con el amigo de la casa - primero, no entiendo porqué le dan tanto dinero por escribir algo por muy bueno que sea ( y agrega con sorna que eso “por muy bueno que sea entre comillas”), el dinero no se lo gastan, no se afeitan; se fotografían con un tipo que pescó un tremendo pez espada en una competencia y el titular del periódico no dice que fulano de tal tuvo un encuentro con un señor que se fajó para sacar ese bicho del mar, sino que el pendejo del pescador posa al lado del escritor cabeza de gallo; beben ron en una taguara de mala muerte con gente que se hincha porque el sitio lo frecuenta el escritor equis, pero los tipos lo que hacen es jugar lotería y hablar mal del gobierno que sea; además , hay que rogarles para que te hagan un cariñito, parece que como que conviven con las mujeres que inventan en sus relatos, o sea, en pocas palabras, no viven”.
El otro día Isabelita se puso como una fiera pero prefirió no decir ni pío, porque su laureado esposo le preguntó que de qué era que se había graduado el hijo mayor del matrimonio, “ ¡ que bolas ¡” añadió moviendo la cabeza, y ya el año pasado, en medio de una reunión familiar celebrando el cumpleaños de la menor hija de la pareja, - “ el muy cara de culo ” sentenció ella en su oportunidad – le preguntó que cuántos años cumplía la muchacha.
“Estos tipos viven en otro mundo - también se le oyó decir un día – no saben cómo es que harán para llegar a una ciudad cualquiera del mundo, desde llamar por teléfono para reservar el boleto de ida hasta pagar el taxi que los trajo de vuelta a casa, pasando por trámites de aeropuerto y reservaciones de hotel ; hay que recordarles el nombre de cada personalidad que les da la mano, así sea una estrella de cine cuyo afiche durante años le ha pegado mocos o le ha tirado montones de ceniza de cigarrillo, no, mi hermano, este esposo mío casi no habla, una vez confundió a Camilo Sesto con Maradona y hasta lo felicitó por el gol de la mano de Dios contra Inglaterra, explícame, ¿ para qué vive un tipo así ?, se leen los periódicos y los enrollan y los botan y no dicen “esta boca es mía” para nada y después meten todo lo que leyeron en un cuento o cualquier cosa de esas, no comparten, comen con cubiertos si hay y si no con las manos y se limpian con la parte de atrás del pantalón para que no se note, que por supuesto que sí se nota, y se limpian la boca con el papel de envolver que suena cuando se restriega la barba de dos días, no entiendo, no, definitivamente no.”Isabelita piensa que estos señores como su laureado esposo se mueren temprano de tristeza o tal vez renuncian y se van a vivir dentro de sus letras y con esa gente que describen en las mismas, que es la gente que mejor les cuadra, pero ella no va a continuar dándose mala vida, piensa que cualquier día de estos se larga, total falta no le hace, pero ni de casualidad que se va a meter en las cosas que él escribe para comprobar si él allí vive como gente.

martes, 15 de mayo de 2007

El hombre que fallaba dos veces.


Muchos lo vieron como tamborileaba sus dedos sobre el escritorio durante las audiencias, lo cual le daba un aire lejano de cierta arrogancia, casi prepotencia. Pero seguramente no era ninguna de las dos cosas.

Exhibía un rostro marmóreo en el que apenas se movían los ojos, a veces como un relámpago nervioso, las más de ellas para ver obstinadamente a los litigantes que hablaban ante él y sus otros colegas del jurado.

Estaba concentrado, juran quienes lo veían en aquel menester. Llegaba siempre a la Sala presidiendo al grupo, con un paso rítmico, sereno, y se apoltronaba casi sin moverse durante la corta audiencia.

Estaba allí. Erá él. El mismo. Tenía algo, dicen, no se sabe si mucho, de lo que buscan las personas que allí acuden y que se atosigan exponiéndole a él, y a los otros, las cosas que quieren que les oigan y sobre cuya base quieren que ellos decidan.

Puede ser que esos fueran los únicos momentos de majestuosidad en aquellas vidas, sentados en escritorios huecos, local hueco, voces huecas, funcionarios huecos y un aire acondicionado exageradamente frío que complementa toda aquella huella humana.

Minutos después, en su despacho personal, revisaría qué lo fue mejor de aquello y qué lo peor. Lo peor lo clasificaría y lo tendría en orden ante cualquier eventualidad. Tenía que estar preparado. Voltearía en cualquier momento para asegurarse que no había extraviado el celular donde reposaban los números que le guiaban su vida en aquella expedición.

En otros minutos más, pocos por supuesto porque había mucho trabajo que hacer y muchas huellas que rastrear, revisaría su agenda para el fin de semana y la comprimiría para dejarle espacio libre a los imprevistos.

Si el espacio libre no se ocupaba, mejor. Ya podría largarse unos escoceses y jugarse un ajedrez con piezas de carne y hueso con otros que estaban en espera de los mismos acontecimientos imprevisibles.

El lunes en la mañana era el día. Los fantasmas merodean sus vidas durante los fines de semana y sus ocurrencias suelen expresarse, desde un memorandum para arriba, ese día lunes en la mañana. Si nada pasa, seguro que se puede sobrevivir toda la semana y presenciar con tranquilidad todas las audiencias que sean.

domingo, 29 de abril de 2007

Discusión sobre "Patria Socialismo o Muerte".


Estoy comprando hortalizas en el Mercado Libre y allí mismo están unos cinco o seis ciudadanos, todos con franelas rojas, trenzados en una discusión semántica sobre el lema "Patria Socialismo o Muerte". Como de gramática se trata empiezo por señalar que lo escribo tal cual como lo he visto en algunas paredes o franelas. No obstante, creo que después de la palabra "patria" debe ir una coma, es decir, "Patria, Socialismo o Muerte".

Los contertulios están todos de acuerdo en que ese lema está mal hecho, de modo que la discusión se centra en cómo debe escribirse, señalando inclusive que van a proponerlo en las instancias partidistas.

"Patria Socialismo o Muerte", con coma o sin coma, según ellos, da la idea de que se trata de tres opciones distintas y no es eso lo que se quiere decir, sino más bien que se trata de dos opciones, esto es, una patria socialista o muerte.

Uno de ellos aclara que, aún siendo cierto que esto último es lo que se quiere expresar, no podría, sin embargo, usarse el lema de "patria socialista o muerte", puesto que eso sería tanto como admitir que puede haber otro tipo de "patria", que este concepto solo se aplica al socialismo y que solo puede hablarse de patria cuando el sistema es socialista. Algunos de ellos llegan a la convicción que "patria socialista" es algo así como una redundancia.

Otro interviene y dice que si se acepta esto último van a tener que quedarse con la clásica "patria o muerte", y arguye que esa no es la idea, que lo importante es poner en evidencia la idea del socialismo en el lema.

Alguien propone que se coloque el signo de los dos puntos, esto es "Patria: socialismo o muerte", pero la mayoría lo consigue muy ambiguo, que no expresa bien la idea que se persigue, que no se puede separar la idea de patria de la de socialismo.

Como de gramática se trata, algunos espectadores interesados en ella casi que se animan a participar, y eventualmente colaborar, en la discusión. Pero súbitamente se presenta un conocido profesor de lenguaje, evidentemente también del grupo porque lo saludaron y lo pusieron al tanto de todo lo que se había discutido, quien les dice que él también ha pensado en el tema y que él va a proponer que se use la forma correcta que sería " Patria y socialismo, o muerte". En consecuencia al lema original habría que añadirle la "y" y una coma después de socialismo. Así sí que se solucionaría la inquietud de todos ellos, según la tesis del profesor. Creo que la aceptaron.


martes, 27 de febrero de 2007

La casimba o cacimba.

Contrariamente al presentimiento que tenía, la palabra “casimba” con “s” (esta es una forma que usamos comúnmente algunos latinoamericanos, en lugar de dejar que se comprenda si es con “s” o con “c” según la pronunciación que de una palabra se haga) aparece en la versión actual del Diccionario de la Lengua Española.
Pero, cosa curiosa, se señala allí que la misma se utiliza en Venezuela y Perú para referirse a un hueco que se hace en el suelo para obtener agua, mientras que “cacimba” con “c” también se refiere a un hoyo que se hace a la orilla de los ríos para buscar agua.
Oí hablar por primera vez en mi vida de una casimba hace cosa de dos o tres años (estamos en el último día del mes de septiembre del año 2004) y quien la usó me dijo que hasta los años sesenta cada quien tenía una en su casa para proveerse de agua. Los acueductos acabaron con las casimbas.
Me refiero a una zona de la parte más septentrional de América del Sur, cercana a lo que muchos venezolanos llamamos el “cuellito” que conduce a la península de Paraguaná, pues se trata de una estrechísima faja de tierra que termina en una especie de cabeza donde se encuentran, entre otras cosas importantes, las refinerías petroleras.
La zona donde oí lo de las casimbas tiene unas pequeñas montañas que terminan abruptamente en el mar y son de los parajes más solitarios que uno pueda imaginar. Es como una especie de brazo en el mar, es decir, agua a ambos lados del brazo y bordeando el puño de la mano.
En la punta extrema de la mano de tierra vivió un inglés que sembraba tabaco y había aprendido a bajarlo por el cerro que daba a la bahía y calarlo en embarcaciones a las que accedía con un ingenioso desplazamiento por entre las corrientes marinas que movían duramente su pequeña nave.Tal como me lo describieron, me imaginé que aquel inglés ordenado y metódico debió tener y cuidar celosamente su casimba. Pregunté por eso, pero no lo sabía nadie. Solo recodaban que sembraba y cosechaba tabaco.