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lunes, 17 de agosto de 2009

Ella, la inolvidable.


ELLA, LA INOLVIDABLE
Vicente Amengual Sosa

Recuerdo todas las veces que incansablemente remé por la mar de tus ojos tristes, profundos, intensamente oceánicos.
Recuerdo las contingencias de nuestro amor sin fragua.
Eso fue amor, mujer. Te dejo estas líneas entre los vericuetos que dejan las travesuras del amor, en espera de que lleguen a ti, como desde hace tiempo debió haber sido, y halles en ellas la compensación que te adeudo. Gracias, mujer.

lunes, 13 de agosto de 2007

Ninguna piedra es así.


Después de haber concluido todo el acto protocolar – como siempre sucede – nos invitaron a comer algo y a tomar jugos de frutas. Al lado del gran protagonista de la jornada, el hombre llamado por alguna norma reglamentaria a presidirla, había siempre una silla destinada a un número indeterminado de ocupantes, cuidadosamente puesta allí para tener un número indeterminado de ocupantes. Ha de suponerse que todos nosotros, uno por uno, durante lo que quedaba de la reunión, la ocuparíamos en algún momento.
Y es más, me da la absoluta y real gana de creer que, en realidad, lo importante era el momento en que yo la ocuparía, lo que determina que el número indeterminado de ocupantes era solo en apariencias. “ La idea “, como gustan decir muchas personas hoy día, era que allí se sentase Pelliceri.
De entrada, el hombre me llamó “ el gran Pelliceri ”, junto con el riguroso saludo, que luego se ablandó con unas sonrisas que se mezclaban con la lista de méritos y generosos calificativos.
Yo también “de entrada” me pregunté por el alcance del “gran Pelliceri”, bueno, en verdad del “gran” solamente, suerte de comodín que lo mismo lo puede usar un torturador cuando le ponen al enemigo número uno que ha caído preso o al “summa cum laude” que habla con el rector universitario.
Al hombre quiero llamarlo “ el tipo ”, no por nada despectivo, que es como más se usa esa expresión, sino porque me parece el más apropiado para la desconfianza, que es en verdad lo que le tengo. El tipo me pregunta que si yo soy de los Pelliceri de Oriente y enseguida se me presenta un abanico de opciones que me ponen a prueba : la número uno “ no, guebón, yo soy de los Pelliceri que se cagan en tipos como tú”, no, no, muy fea esa y pienso, opción dos , más suave “ ¿ usted sabe, compai, cuántos Pelliceri hay solamente en este país ?. Entonces, se me ocurre que si le digo eso, soy yo quien le da muchas alternativas, porque el tipo me puede decir que hay unos Pelliceri que tienen real como monte, que son los dueños de las fábricas de materiales de acero; o me hablará de otros que dizque son intelectuales y hablan paja del gobierno en los medios de comunicación social, de los cuales hay uno que es un lengua suelta en todas las manifestaciones de protesta, para al final preguntarme ¿ de cuáles de esos eres tú ?
Nada que ver. Resuelvo decirle que yo soy Hilario Pelliceri y punto, es decir, no que le digo mi nombre y le agrego el “... y punto”, ya sabemos lo frontal y retador que es el uso de esa expresión en los últimos años, no, le digo simplemente mi primer nombre y mi primer apellido. Bien, no tuve porqué decirle si era o no de los de Oriente.( como que si la gente estuviese amarrada en un sector del país ).
¿ a qué te vas a dedicar de ahora en adelante, Pelliceri ? . Por supuesto que me gustaría hacer como en aquella caricatura argentina del “ otro yo del doctor Merengue ” y lanzarle un ¿ a qué va a ser, bolsa ? ¡ a comer, trabajar, tirar...!, pero no, obvio, el tipo necesita una respuesta cónsona con aquello que llaman “alta investidura”, ¿ cuál será esa respuesta ?. Si le digo que “a la vida” seguro pensará que este pendejo como que es medio poeta, que significa que es una persona a la que ellos potencialmente tienen que combatir; si le digo que a “a producir” es abrirle camino para “ en qué ramo “, “ con quién”, “ en que dependencia pública” o “ con qué billetes vas a arrancar”, no, demasiadas repreguntas.
Cuando uno está en estos trances le pasan muchas ideas por la cabeza, incluso olímpicas, que serían el culto a la libertad suprema, como por ejemplo largarle al tipo “ me voy a dedicar a restaurar jardines como has hecho tú y luego pasarle la factura al parlamento con un recargo del setecientos por ciento del valor de lo que te costó a ti hacerlo ” y luego sales a la calle y gritas que el tipo te persigue, que es un ladrón de siete suelas, no, no, no, eso no vale la pena, además, te vas a perder el pernil de cochino tostadito que ya están repartiendo ( quedan como tres personas antes que te pongan la bandeja en la cara), la cachapita de jojoto que se le chorrea la mantequilla y el vaso de chicha andina.
Puedo también expresarle “ a la política”, pero es como abrirle el paso de nuevo a la pregunta inicial de los Pelliceri de Oriente “ ¡ ah, sí, como tu familia de Oriente ”, que es acusarme por debajo de cuerda de conspirador y esto y lo otro; o tal vez le comunique “ a la familia” y volverá el cabrón con los Pelliceri de Oriente, verga, y seguramente le agregará algo así como “ustedes siempre son gente de combate”, para ver si me abre el apetito de dimes y diretes. No, mi amigo, nada de eso.
La tengo. A la medida del tipo. “ A tratar de identificarme con las proposiciones que usted hizo en el acto protocolar ”, ¡ coño!, se la puse en su terreno, de ahí no se sale. Incluso, si me contraataca con un “ cuál de tantas” ( en verdad, ni una sola que valga la pena), le devuelvo un “ con todas y cada una de ellas ”. Y todavía queda para contestarle con “ todas serán estudiadas” si insiste con un “ ¿alguna en específico? ”.
¿ y si las vainas en este país se ponen feas, qué harás ?
Fenomenal. “Ponte a prueba Hilario Pelliceri” me digo adentro, no es que lo piense, repito, me lo digo, porque me hablo a mí mismo, me doy una orden terminante, ¡ no, no te arreches porque te disparen a quemarropa ¡ eso es positivo, te fortalece, te educa, te entrena, te guía, te permite recoger y desechar, te sirve para trazar una raya y poner a cada quien su lugar (no pude evitar esta última expresión, generalmente antipática, pero debo ser fidedigno). Prueba de fuego, señores, termino de envolver a este gordo aprisionado en ese montón de botones, le digo lo mejor que me llegue en ese momento, tal como he hecho en las preguntas precedentes y me zampo un tolete de pernil, que ya el que los reparte está llegando, me dejo escapar un chorrito de grasa por la boca, agarro mi servilleta así como urgente y con pena, le hago señas que estoy atarugado, ¡ cof ¡ ¡ cof ! ) en estas hipótesis uno siempre arrastra la silla violentamente hacia atrás (experiencia adquirida, por lo general, en el matrimonio).
Ha llegado el hombre del pernil, las cachapitas y el vaso de chicha andina, ¡ joder ¡, después de todo me arrebató la estocada final que quería darle al tipo. “ ¡ Que importa ¡”, pienso, me estoy excediendo al querer utilizarlo para probar que uno puede pasarse la vida evitando piedras innecesarias. La piedra que no te deja paso es la del problema verdadero ¿acaso habrá realmente alguna piedra así ?. Para qué pensar en eso. Lo importante es que esta no es.
Que qué voy a hacer si en este país las vainas se ponen feas, bueno, puedo decirle que la solución la tenemos todos ( y el tipo asume que él es parte del todo y hasta puede creer que él es la parte más importante del todo, con lo que la pelota está otra vez en su cancha y se imagina diseñando y ejecutando la solución),
He escrito estas líneas, que son el producto de una conversación con el tipo a que he hecho referencia, sobre tres o cuatro preguntas que no tuvieron respuesta alguna. ¡ Que magia ¡ ¡Vivan las ideas! ¡Viva el lenguaje ¡. Y al carajo si se llega a enterar que son el producto de mi conversación con él y me llega hasta llamar “mala conducta” o cualquier cosa por el estilo.

sábado, 26 de mayo de 2007

El laureado es él.



Isabelita camina casi por toda la casa limándose las uñas sin tropezarse con nada, a veces, inclusive, hablando por el teléfono inalámbrico que aprisiona entre la mejilla y el hombro. Puede pasar por la cocina y bajarle la llama a la hornilla, ponerle el pie derecho a un coleto para limpiar algo o apagar un bombillo. Puede que también abra la puerta y reciba una correspondencia, asintiéndole al cartero que es como decirle “sí, gracias, hasta la próxima”.
Pero Isabelita piensa que su mundo es ordenado, simétrico, limpio, que, en fin, es el mundo verdadero. Ella lo defiende a capa y espada, manteniéndolo separado del mundo de su esposo el escritor, el laureado, aquel hombre cuyo nombre y apellido figura en cualquier casa, tal vez del mundo, pero seguro de esta parte del mundo.
Cuántas veces no se ha preguntado Isabelita si su esposo le agradece que ella le mantenga una casa decente, que todo funcione adecuadamente, mientras él escribe lo que ella en un tiempo llamó “mamarrachadas”, aún cuando su estudio sea un montón de ceniceros llenos, papeles por doquier, libros apilados desordenadamente, libros abiertos, hojas con noticas, ropa de cualquier tipo en cualquier lugar y pare usted de contar.
¡Escritor, no joda !, susurra Isabelita cuando pasa frente a la habitación del laureado con el premio nacional y pega un hedorcito a tabaco mezclado con gases intestinales que ella llama “peos” y dice ¿ cómo es que en este país y en este mundo premian a este cagón ?, “ ¡ escritor, no joda ¡”, vuelve a susurrar y le lanza un toque final a la uña del dedo índice que termina de limar.
¡ Fíjate tú ¡ - le decía en una ocasión Isabelita a una vecina, “ tú alguna vez has visto a un escritor que aparece en algún acto público con la esposa, claro que no, ni él quiere que sepan que su mujer es una atorrante que tiene un cerco en toda la casa para que él no se la cague, ni ella quiere que lo vean con un tipo que siempre tiene una barba de dos días, con el paltó con una mancha de grasa, la corbata puesta con la camisa sin cerrar en el botón del cuello y los dedos amarillos de nicotina, por solo decir lo más evidente. ”
Pero, ¡ojo! , esto que explico de Isabelita en relación con su marido el escritor no quiere decir que todo sea color de hormiga, claro que no, si no ¿ cómo se explica que haya recorrido medio mundo con él y hayan comido y bebido con estadistas, príncipes, líderes políticos, sociales o religiosos, premios nobel de no se qué vaina, reinas de belleza, que se hayan montado en carros lincoln negro con algún presidente y se hayan hartado de cualquier cosa típica a la orilla de un río africano o se hayan retratado con dirigentes indígenas del Perú o de México. Lo que dice Isabelita es qué carajo es lo que hace que le den o le hagan todas esas cosas a un señor que lo que hace es estar todo el día escribiendo lo que ella llamaba “mamarrachadas” y ahora no llama de ninguna manera, que le paren tantas bolas por escribir simplemente lo que está viendo y que sólo él lo escribe porque nadie más está pendiente de esas tonterías.
“ Esta bien, sí, entiendo”, dice Isabelita cuando alguien le reprocha que ella se exprese así de un escritor, laureado por lo demás, que cualquier día de estos aparece como premio nobel de literatura que es lo único que le falta, “ lo que quiero decir - expresa ella - es que este señor tenga las cuentas bancarias atiborradas de dinero y ande en un vehículo que es un cagajón, que la casa donde vivimos es casa porque yo la mantengo así, que los sacos que usa tengan un manchón de grasa acumulado por años de no mandarlos a la tintorería y que uno no se los puede ni tocar, ¡no joda! .”
Isabelita dice que su esposo el escritor, laureado como dicen, le arrecha no porque le pegue los mocos a las condecoraciones que con tanta pompa le dio cualquier cabrón de esos que gobiernan, sino porque estos señores lo condecoran a él pero ni siquiera nombra a los que escriben en su país y a veces hasta los meten presos, o lo usan como amuleto, digo yo amuleto, para ganar elecciones, que a lo mejor no han leído ni una letra de lo que su marido escribe comiendo maní o comiendo chicharrón y tomando cervezas, dejando toda aquella casa olorosa a mierda cada vez que se pea (ella alcanzó a oír a una camarera en Roma que salió de la habitación diciendo que ese “signore era un fetente di merda) y todo ello porque este tipo escribe lo que se le ocurre.
“ ¡ No me vengas con pendejadas ¡”, le decía en una oportunidad Isabelita a un amigo de la casa, “ no creas que yo soy una ignorante, ¡coño!, está muy buena toda aquella tediosa pero útil narración sobre los sertones en “ La Guerra del fin del mundo” o algo así , de Vargas Llosa y ni qué decir de las vivencias de los Buendía en Macondo, verga, imagínate por un instante cualquiera de los episodios del Quijote, pero qué sabe la gente de las esposas de esos escritores ( y en voz baja Isabelita añade o de los “esposos de las escritoras”) , ¿ sabe la gente lo que fastidian y para que demonios viven?, ¿ tú lo sabes, acaso ?.”
“Te digo - continúa Isabelita con el amigo de la casa - primero, no entiendo porqué le dan tanto dinero por escribir algo por muy bueno que sea ( y agrega con sorna que eso “por muy bueno que sea entre comillas”), el dinero no se lo gastan, no se afeitan; se fotografían con un tipo que pescó un tremendo pez espada en una competencia y el titular del periódico no dice que fulano de tal tuvo un encuentro con un señor que se fajó para sacar ese bicho del mar, sino que el pendejo del pescador posa al lado del escritor cabeza de gallo; beben ron en una taguara de mala muerte con gente que se hincha porque el sitio lo frecuenta el escritor equis, pero los tipos lo que hacen es jugar lotería y hablar mal del gobierno que sea; además , hay que rogarles para que te hagan un cariñito, parece que como que conviven con las mujeres que inventan en sus relatos, o sea, en pocas palabras, no viven”.
El otro día Isabelita se puso como una fiera pero prefirió no decir ni pío, porque su laureado esposo le preguntó que de qué era que se había graduado el hijo mayor del matrimonio, “ ¡ que bolas ¡” añadió moviendo la cabeza, y ya el año pasado, en medio de una reunión familiar celebrando el cumpleaños de la menor hija de la pareja, - “ el muy cara de culo ” sentenció ella en su oportunidad – le preguntó que cuántos años cumplía la muchacha.
“Estos tipos viven en otro mundo - también se le oyó decir un día – no saben cómo es que harán para llegar a una ciudad cualquiera del mundo, desde llamar por teléfono para reservar el boleto de ida hasta pagar el taxi que los trajo de vuelta a casa, pasando por trámites de aeropuerto y reservaciones de hotel ; hay que recordarles el nombre de cada personalidad que les da la mano, así sea una estrella de cine cuyo afiche durante años le ha pegado mocos o le ha tirado montones de ceniza de cigarrillo, no, mi hermano, este esposo mío casi no habla, una vez confundió a Camilo Sesto con Maradona y hasta lo felicitó por el gol de la mano de Dios contra Inglaterra, explícame, ¿ para qué vive un tipo así ?, se leen los periódicos y los enrollan y los botan y no dicen “esta boca es mía” para nada y después meten todo lo que leyeron en un cuento o cualquier cosa de esas, no comparten, comen con cubiertos si hay y si no con las manos y se limpian con la parte de atrás del pantalón para que no se note, que por supuesto que sí se nota, y se limpian la boca con el papel de envolver que suena cuando se restriega la barba de dos días, no entiendo, no, definitivamente no.”Isabelita piensa que estos señores como su laureado esposo se mueren temprano de tristeza o tal vez renuncian y se van a vivir dentro de sus letras y con esa gente que describen en las mismas, que es la gente que mejor les cuadra, pero ella no va a continuar dándose mala vida, piensa que cualquier día de estos se larga, total falta no le hace, pero ni de casualidad que se va a meter en las cosas que él escribe para comprobar si él allí vive como gente.

martes, 15 de mayo de 2007

El hombre que fallaba dos veces.


Muchos lo vieron como tamborileaba sus dedos sobre el escritorio durante las audiencias, lo cual le daba un aire lejano de cierta arrogancia, casi prepotencia. Pero seguramente no era ninguna de las dos cosas.

Exhibía un rostro marmóreo en el que apenas se movían los ojos, a veces como un relámpago nervioso, las más de ellas para ver obstinadamente a los litigantes que hablaban ante él y sus otros colegas del jurado.

Estaba concentrado, juran quienes lo veían en aquel menester. Llegaba siempre a la Sala presidiendo al grupo, con un paso rítmico, sereno, y se apoltronaba casi sin moverse durante la corta audiencia.

Estaba allí. Erá él. El mismo. Tenía algo, dicen, no se sabe si mucho, de lo que buscan las personas que allí acuden y que se atosigan exponiéndole a él, y a los otros, las cosas que quieren que les oigan y sobre cuya base quieren que ellos decidan.

Puede ser que esos fueran los únicos momentos de majestuosidad en aquellas vidas, sentados en escritorios huecos, local hueco, voces huecas, funcionarios huecos y un aire acondicionado exageradamente frío que complementa toda aquella huella humana.

Minutos después, en su despacho personal, revisaría qué lo fue mejor de aquello y qué lo peor. Lo peor lo clasificaría y lo tendría en orden ante cualquier eventualidad. Tenía que estar preparado. Voltearía en cualquier momento para asegurarse que no había extraviado el celular donde reposaban los números que le guiaban su vida en aquella expedición.

En otros minutos más, pocos por supuesto porque había mucho trabajo que hacer y muchas huellas que rastrear, revisaría su agenda para el fin de semana y la comprimiría para dejarle espacio libre a los imprevistos.

Si el espacio libre no se ocupaba, mejor. Ya podría largarse unos escoceses y jugarse un ajedrez con piezas de carne y hueso con otros que estaban en espera de los mismos acontecimientos imprevisibles.

El lunes en la mañana era el día. Los fantasmas merodean sus vidas durante los fines de semana y sus ocurrencias suelen expresarse, desde un memorandum para arriba, ese día lunes en la mañana. Si nada pasa, seguro que se puede sobrevivir toda la semana y presenciar con tranquilidad todas las audiencias que sean.