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lunes, 2 de julio de 2007

A propósito de Francisco Franco, me pregunto: cuántas veces hemos sido indiferentes ?

Tuve la oportunidad de estar varias veces en la España de la época de Franco. Turista, así es. De paso para otras tierras. Volver y sentirla cada vez mejor.
! Que orden, hermano ! ! Que respeto para todo !. Ni que contar aquellas noches de latinoamericanos en juerga: seguridad, orden, volver a las dos, tres o cuatro de la madrugada en medio del silencio sepulcral de aquellas calles. !Ah ! y de repente conseguir al "sereno" ( así les decían, no?) que te acompañaba en el último trecho hasta tu edificio, tu apartamento. Incluso, recuerdo uno que nos abrió la puerta del hospedaje donde estábamos.
Siempre orden. Cero bullicio. Cero agitación. Cero paros o huelgas.
Entonces íbamos y decíamos a todo el mundo que España era del carajo y lo repetimos a los amigos que nos encontramos en otros países y luego a la gente de nuestra tierra que nunca había ido.
Que podía importarnos mientras íbamos rumbo a Toledo, o a ver el debut de uno de los Girón en Carabanchel, o atiborrados de vino en "Las Cuevas de Luis Candelas" o a reunirnos con compatriotas en la Gran Vía, que aquel orden, a veces soledad, aquel silencio nocturno, vale decir calma, tranquilidad, sosiego, lo disfrutábamos merced a un dictador maligno, represivo, desconocedor de todo derecho o principio de justicia, que exterminaba a sus enemigos y los reprimía con una saña inimaginable.
Éramos muchachos, es cierto, pero ya debíamos saber aquello.
Un hombre de letras, ahora no recuerdo su nombre, ha dicho recientemente que el gran mal de la humanidad no es las guerra ni las armas nucleares ni los virus ni el terrorismo.
Es la indiferencia.
Ese es el mal a vencer.
He reconocido como mío desde siempre un viejo lema que utiliza un vespertino venezolano en su página principal:
" Mas prefiero una libertad peligrosa que una esclvitud tranquila"

miércoles, 27 de junio de 2007

El poeta de "La Palmita".


A veces, en los tiempos que me iniciaba en los viajes por los pueblos del Estado Falcón, me gustaba desplazarme por una carretera con poco tráfico, inmersa en una gruesa vegetación siempre húmeda, montañas a ambos lados y una inmensa soledad.
Había en su trecho un lugar llamado "La Palmita", una construcción precaria, de aspecto ruinoso, en la que funcionaba un bar y un modesto restaurant. Lo más resaltante del lugar era que se encontraba bajo gigantescos árboles frondosos que le daban una gran frescura al sitio.
Un viernes casi entrada la noche conocí a un hombre joven que llegó allí con un perro como el de la foto. Supe que era un obrero de una empresa papelera no muy lejana, quien apenas sonaba el silbato del fin de la jornada de los días viernes,tomaba el primer autobús hasta su casa, buscaba su perro y se iba a "La Palmita" a gastarse parte de su menguado salario en unas cervezas, según él bien merecidas.
Era de un aspecto quijotesco. No cargaba encima más que unos cuantos billetes y en el bolsillo trasero derecho unas arrugadas hojas de papel de cuaderno escolar en el que estaban escritas las poesías de toda su vida.
Ese encuentro se repitió varias veces y un día, cuando ya había alguna confianza con él, nos permitió leer sus poemas. No eran más que un puñado de experiencias, quejas, ilusiones, amores, desengaños, vivencias de todo tipo, escritas sin ningún rigor literario, sin ninguna pretensión de nada, sino más bien como una especie de clamor que se levantase en la inmensidad de aquella selva solitaria y se perdiese en el espacio infinito.
No por ello carecían de valor, no, por Dios, eso se le daba más bien autenticidad y el aspecto desgarrador de una vida muchas veces incomprensible, ligada a las cosas más esenciales de la vida.
Había tenido la ingenuidad de escribir un poema sobre la base de aquella expresión utilizada en tarjetas postales de "amor es...". Mis acompañantes y yo leímos su versión de "amor es", una lista de las cosas esenciales que lo ligaban a la mujer que amaba. Eran unas quince a veinte expresiones más o menos coherentes sobre las inmediateces del amor.
Casi al final había una que nos llamó la atención y casi nos llevó a una risa burlona, la que tuvimos que contener con gran esfuerzo.
" Amor es - decía - bañarnos juntos para economizar el agua." No, nos reímos. En las circunstancias de aquellas vidas de los olvidados de nuestra tierra esa expresión bien podría ser una protesta emergente hasta del amor más primario y auténtico, ese que nos ata a una mujer.
Creo que desde ese día aumentó nuestro afecto por el poeta de "La Palmita".