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sábado, 13 de octubre de 2007

Cuentos de bodegueros.


Ya casi no existen los bodegueros en ninguna parte. Hasta en los pueblos más pequeños tienden a desaparecer.
Ese contacto diario casi familiar entre el bodeguero y sus clientes, por lo general sus vecinos, generaba todo un mundo particular, específico, en el que destacaban mucho las anécdotas.
Conocí en bodegas aquellas famosas caricaturas del que vendió al contado (un barrigón metido en un traje costoso y nuevo, con sus prendas en exhibición, risueño el tipo ) y el que vendió al contado ( un flaco casi en el hueso, con un traje gastado y metido en medio de un mar de papeles, que supongo eran las notas sin pagar de sus deudores). También el letrero de " hoy no fío mañana sí" y aquella cosa tan genial que era la cara de un indio arrecho, tallada en la mitad de un coco y que tenía un letrero que decía " aquí se fía cuando este indio se ría ". Pero, a decir verdad, el ingenio era de quienes les vendían esos inventos.
Diría que es anécdota en una bodega pero no de un bodeguero, la del parroquiano que llega, lo saluda y le dice " compai, déme una gavera é fresco". Y el bodeguero le dice " ! cómo no compadre, de qué la que quiere ? ". Y le responde el parroquiano " cualquiera, total, yo la quiero es pá sentame aquí a hablá pendejadas con usté".
De bodeguero si es esta otra. Llega un amigo y le dice al bodeguero " por favor dame un suspiro y una conserva de coco ". Y el bodeguero le dice que no tiene. " ! Cómo que no tienes vale y que son estas vainas que tienes aquí... " le dice el amigo señalándole la vitrina donde estaban todos esos dulces.
" Te dije que no tengo, coño - insistió el bodeguero - porque si te las vendo y te las comes, después me vas a pedir agua y estoy muy cansado para buscá agua en la cocina ".
Tan escasos son los bodegueros que me costó conseguir en la red una foto lo más parecido a lo que era una bodega.
Y cuando busqué "bodeguero" en imágenes de internet lo que aparece es una raza de perros. !Que vaina !

miércoles, 27 de junio de 2007

El poeta de "La Palmita".


A veces, en los tiempos que me iniciaba en los viajes por los pueblos del Estado Falcón, me gustaba desplazarme por una carretera con poco tráfico, inmersa en una gruesa vegetación siempre húmeda, montañas a ambos lados y una inmensa soledad.
Había en su trecho un lugar llamado "La Palmita", una construcción precaria, de aspecto ruinoso, en la que funcionaba un bar y un modesto restaurant. Lo más resaltante del lugar era que se encontraba bajo gigantescos árboles frondosos que le daban una gran frescura al sitio.
Un viernes casi entrada la noche conocí a un hombre joven que llegó allí con un perro como el de la foto. Supe que era un obrero de una empresa papelera no muy lejana, quien apenas sonaba el silbato del fin de la jornada de los días viernes,tomaba el primer autobús hasta su casa, buscaba su perro y se iba a "La Palmita" a gastarse parte de su menguado salario en unas cervezas, según él bien merecidas.
Era de un aspecto quijotesco. No cargaba encima más que unos cuantos billetes y en el bolsillo trasero derecho unas arrugadas hojas de papel de cuaderno escolar en el que estaban escritas las poesías de toda su vida.
Ese encuentro se repitió varias veces y un día, cuando ya había alguna confianza con él, nos permitió leer sus poemas. No eran más que un puñado de experiencias, quejas, ilusiones, amores, desengaños, vivencias de todo tipo, escritas sin ningún rigor literario, sin ninguna pretensión de nada, sino más bien como una especie de clamor que se levantase en la inmensidad de aquella selva solitaria y se perdiese en el espacio infinito.
No por ello carecían de valor, no, por Dios, eso se le daba más bien autenticidad y el aspecto desgarrador de una vida muchas veces incomprensible, ligada a las cosas más esenciales de la vida.
Había tenido la ingenuidad de escribir un poema sobre la base de aquella expresión utilizada en tarjetas postales de "amor es...". Mis acompañantes y yo leímos su versión de "amor es", una lista de las cosas esenciales que lo ligaban a la mujer que amaba. Eran unas quince a veinte expresiones más o menos coherentes sobre las inmediateces del amor.
Casi al final había una que nos llamó la atención y casi nos llevó a una risa burlona, la que tuvimos que contener con gran esfuerzo.
" Amor es - decía - bañarnos juntos para economizar el agua." No, nos reímos. En las circunstancias de aquellas vidas de los olvidados de nuestra tierra esa expresión bien podría ser una protesta emergente hasta del amor más primario y auténtico, ese que nos ata a una mujer.
Creo que desde ese día aumentó nuestro afecto por el poeta de "La Palmita".

domingo, 10 de junio de 2007

EL LEON DE LA METRO GOLDWYN MAYER

Cuenta el distinguido médico Gracitano (Altagracia de Orituco, Estado Guárico ) Abel Sánchez Peláez que en cierta ocasión de su infancia fue a ver una película en el cine del pueblo. La misma era una producción de la famosa empresa Metro Goldwyn Mayer, la cual inicia sus films con un león que ruge.
Tan pronto como apagaron la luz y apareció el león en la pantalla, un jodedor al verlo rugir dijo con voz disimulada " ! ay, me va a comer ese león !.
Acto seguido, otro jodedor en otra parte de la sala de cine le respondió " no te preocupes, que ese león no come mierda !.
Un tercer espectador le salió al paso a los dos y reclamó con rabia:
" mas curtura coños de madre ".

miércoles, 24 de enero de 2007

De "Brújula": Digo

DIGO


Recuerdo la forma en que tratabas
de inventar tu camino.
Recuerdo la noche
en que pasó el cartero
que juró no volver.
Hicimos camino, digo.
Hago memoria
del dorso de tu mano
convertido en pañuelo.
De la luna sin menguante.
Del vago concierto de los pájaros.
De la eternidad de las sombras.
En fin, un camino. Eso digo.